LOS PLANOS DE LA SENSIBILIDAD

No es interesante un buen comienzo, como así tampoco la solemnidad. Ser solemne o intentar serlo es automático, sale solo. El módulo uno, la primer unidad es nosotros y el mundo. Y muchos contamos historias vividas, apreciaciones de antes, intervenidas y vistas desde el ahora, con un poco más de cabeza y muñeca. Lo hacemos como corriendo al lado de un río, que son los hechos, la realidad fáctica, mediada por la memoria y las metáforas. La prosa aplaude el sentimiento del ahora. Toda esa mezcla es el cemento en arena con el que empezamos a construir un proceso psicológico, un poco más ameno que sentarse una hora frente a un desconocido con título, buscando respuestas. El paso siguiente es la construcción de un mundo. La idea de verosimilitud tiene que desplegarse, como una línea sinuosa, pero perfecta. Los sujetos, los rincones y las sensaciones tienen que ser vividas, tenemos que creerlo, porque sino los dispositivos no se despliegan.
Mirá viejo, el año que viene me cambio el domicilio. Me lo voy actualizar a Buenos Aires.
Por qué, pregunta Beatriz, la mujer de él, en tono de reclamo y sorpresa. Porque esos dos términos van de la mano, el reclamo es sorpresa, porque nadie reclama algo que se espera, o sí, pero es distinto, si es así es un tono más resignado, un por qué tibio, como un último disparo. Me lo cambio porque ya está, es la última vez que viajo a Rio Negro a votar, le digo. Después ya me quiero instalar en Buenos aires, quedarme ahí, y termino por explicar algo que se entiende solo. Viajar a votar es el acto de responsabilidad con el pago, con el afecto. Simbólicamente representa mucho más que el sufragio en si.
El Intendente me mira desde el piso, me dice, vení bicho, ayudáme. Me dice bicho cuando tiene que comunicar con un grado de sensibilidad. Él desde el piso me llama, y tiro los bolsos, porque recién llego y me desayuno con la situación. Él está tirado y no puede levantarse, el Intendente necesita ayuda, y su mujer que es chiquitita y leal no tiene esa fuerza. Estoy yo, que soy su hijo, que hago fuerza, mucha fuerza, y lo devuelvo a la cama. La situación es tan excesiva que no hay ánimos de muchas preguntas. El intendente desde la cama se repliega y acusa a un relajante natural, que tomó la noche anterior y dice que no le hizo bien, que lo debilitó, justo el día que se termina la campaña para su tercer mandato. Se niega a llamar al médico, pero es evidente, la negación no tiene más sentido que su vanidad, la idea de no mostrarse débil, a dos días de que lo vuelvan a elegir. Tampoco pesa para él el antecedente de un riñón menos, ni los cuarenta puntos que le atraviesan el abdomen, como un surco que refleja la idea de la introspección hospitalaria, de un órgano tirado a la basura por culpa de un tumor, que primero fue diagnosticado por el Intendente como una piedrita, que yaseibaair, que por eso salía sangre en el pis. Y después fue otra cosa.
Mesa hizo llamar desde el campo pero en realidad llamó Héctor, el peón. Mesa fue el que trajo la noticia, se vino desde el molino del dulce, que está a dos leguas, y lo hizo en el gateado, que andaba mal de la mano, pero se lo dejaron ahí, porque iban a estar él y Martínez, arreglando las bebidas y necesitaban un caballo.
Existe un código en el campo: si se acerca alguien pidiendo trabajo, no se le niega. Siempre hay algo para hacer. Así llegó Mesa, él deambulaba por los campos de la zona del Meridiano, así le dicen porque lo cruza una línea gigante, eterna que divide a Rio Negro de la provincia de Buenos Aires. Así llegó Martínez, se arrimó en un Renault 12 furioso, pero no por su potencia, sino por su ruido, su chapa descascarada. Lleno de bultos, bolsos viejos, y un hurón. Los bultos eran su patrimonio. Y eso hablaba mucho de él, de un nomadismo actualizado por caminos de tierras, porque quién anda con todo lo de él, así expuesto, es una sinceridad no tolerada por los occidentales. El hurón se llamaba Ulises, y respondía a los gestos como un perro. Dormía abajo del asiento del acompañante, y salía de golpe, para sorpresa de quien se sentaba. Menudo susto para los que no identificaban al misterioso animal, que sólo buscaba el calor de las tibias ajenas, espolvoreadas con bosta y tierra.
Mesa y Martínez estaban instalados allá, al final del campo. En un refugio de chapa. Mesa tenia que “hacer” los postes y el alambrado del cuadro que tenía la bebida, junto al molino. La bebida es el piletón de cemento, donde las vacas vienen a tomar agua, que escasea en la Patagonia. Bajan de los montes de chañares, cubiertas de espinas y se amontonan como en la fila de una caja de pagos. Se empujan y patean para tomar largos y profundos sorbos de agua que no es dulce. A Martínez le tocó bajar al molino, porque estaba entrando poca agua, no es que le tocó: él dijo que sabía, que antes, cuando estuvo por Valcheta, por Jacobacci, allá en la Línea Sur, él bajaba en esos cilindros de ladrillo y cemento. Y por esos pagos eran más profundos, porque la napa estaba muy abajo. Esos pagos eran la Meseta de Somuncurá, la aridez hecha viento, con la dinámica de los pueblos originarios mapuches, que en realidad no son originarios, porque vienen del otro lado de la cordillera, de ahí eran los tehuelches, un pueblo más manso. Los mapuches vinieron, les gustó y se quedaron. Los campos allá sólo tienen ovejas, porque son los únicos animales que resisten los veinte grados bajo cero, y pueden estar semanas sin tomar algo de agua, y así proveen lana para la miseria, carne para los ácidos guisos que se sirven en gigantes ollas, cuando no son las paletas de los capones las que descansan en las parrilas, calentándose por las brasas continuas del piquillín hermoso que brota de la Patagonia profunda, de la que no se vende en folletos.
Papá se recuesta en el sillón del salón del hospital, está cansado, el post operatorio no parece agresivo, pero está como entregado, sabe que ya lo abrieron, le sacaron cosas demasiadas veces, más de lo que él necesita, más de lo que sus diagnósticos proponen. Esta vez le abrieron la cabeza, le dejaron como una cicatriz en forma de herradura. Él Habla del inevitable fin de la vida, que en todo caso esto es un aceleramiento de eso, pero nada trágico ni grave. Tiene ese gesto notable de descargar el drama, así las cosas son más sencillas, jugamos a un registro, de una vara de inteligencia, donde no necesitamos cargar simbólicamente ninguna situación, porque el silencio, que parecen la nada, son neuronas haciendo sinapsis, y él, yo, mi hermano lo sabemos, no hace falta decirlo, solo hay que ir preparándose. ¿Para qué? para algo, trascendental, bisagra, pero diluido, como un jugo que tiene que rendir, entonces deja de ser un golpe violento, para ser una hermosa decadencia, que van a ser cinco o diez años, masmenos pero que pedimos todos, los tres, lamesachica, que sean sin drama, que sea lo que tenga que ser.
Mesa llegó agitado a la casa. Llamarlo casco, o estancia, o como hacen las folleterías es un abuso, es una linda y cómoda casa vieja, que en sus buenas épocas fue pulpería, seguro que con historias de muertes o tal vez fue una simple pulpería, pero la asociación es directa. Mesa pidió llamar rápido al pueblo, porque se había desmoronado el molino del dulce, con Martínez adentro. La casa no tiene una red de agua ni de electricidad. Tiene un simple aljibe verde, que absorbe el agua dulce de las lluvias. También hay una pantalla solar, que son tres paneles conectados a la batería de un viejo camión Perkins, que apareció abandonado en el cuadro del 15. La batería se conecta a una celular Motorola que viene en estuche, y si el viento aminora, la señal es buena. En casos de emergencia el único problema son los dedos nerviosos que se confunden los números, y esos segundos de espera a que esté la señal correcta. Mesa le decía a Héctor que llame, porque él era el único que sabía usar bien el aparato, y sabía adonde tenía que llamar. Lo llamó a papá, pero tenía el celular apagado. En realidad lo tenía yo, porque él estaba entrando al quirófano, y decidí apagarlo, porque nadie sabía de la intervención, ni tenía que saberlo. Héctor desesperado lo llamó a mi hermano, que sigue en línea en la administración del campo, pero él no estaba en Argentina, se había ido a Paraguay, y hace diez días que no mandaba señales. El tiempo corría, y esa frase que uno se la imagina en segundos que son vitales, como un catálogo de primeros auxilios, acá era distinto, porque eran minutos importantes, estaba todo lejos e incomunicado. Las leguas se hacían montando, a galope cortando camino, por el medio de los cuadros, entre los chañares. Una vez que Héctor pudo comunicarse con la Rural de Ingeniero Varonese, que es el único pueblo cerca, a cuarenta kilómetros, pudieron tener certeza de lo que podía llegar a ser un rescate. La patrulla de bomberos Varonense desplegó toda su maquinaria: la ford F 100 estaba llena de gasoil, algunas palas tiradas a la caja, y un malacate. El apuro hizo que algunas tranqueras en el camino queden abiertas.
Héctor y Mesa tenían que volver al Molino del accidente, donde estaba Martínez, hundido entre escombros en el fondo de la metáfora. Para llegar rápido optaron por cambiar el vehículo. Le dieron arranque al jeep, que por culpa del embriague estaba descansando como gallinero. La celeridad del tema no exigía una fineza a la hora de echar los cambios, iban a salir así, y rezando porque el carburador no se empaste.
Mesa dijo que antes de salir a pedir ayuda lo escuchó a Martínez putear desde abajo, entre los escombros, y decía palabras raras como en otro idioma. Después asocie que Martínez estaba puteando en gallego, ya que su madre oriunda de la mismísima Galicia, lo había criado con gestos y caricias de la zona de la que emigró.
Ahora papá se rehabilita, está recuperando la movilidad en la pierna. Todavía la tiene rígida y tiene que ir aflojándola pero camina solo. El brazo lo tiene más complicado, apenas lo mueve, como Danny Day Lewis, en mi pie izquierdo, él se ríe de esa analogía y yo le puse el afiche de la película de fondo en el teléfono, se ríe de la complicidad y de reconocer el defecto. Los médicos dicen que va a tardar en recuperar todos los movimientos, y el kinesiólogo le pide que acentúe los gestos finos, que aunque tarde y le cueste, vaya a tocarse la nariz, despacito, apenitas. Lo veo así, escuchando como si fuera un alumno, apuesto a descifrar sus sensaciones, de sentirse débil, principiante, de mostrar la paciencia para empezar de cero. El brazo derecho está intacto, le sirve para darnos órdenes a mi y mis hermanos, también para hablar por teléfono, para mostrarse intacto.
La patrulla de rescate de Varonese llegó con pelos duros y narices rojas. El jefe tenía una camisa a rayas deslucida, casi transparente. Pocos botones resistían la panza prominente . La pericia fue nula, intentaron bajar la soga del malacate, le gritaban a Martínez pero ya no contestaba, estaba diecisiete metros bajo tierra, derrumbado. Uno de los bomberos intentó bajar, colado de la misma soga que no pudo traer a nadie. Bajó apenas siete metros, pero todo el borde estaba inestable. Cuando la desesperación ya ni existía el hurón se acercó al pozo, nadie se percató pero el animal se tiró, por fidelidad a su amo o por el olor a carne. Nadie dijo nada, solo se escuchó como caía el animal.
Martinez tenía un hermano, pero no tenían relación. Nadie vino a reclamar el cuerpo, tampoco nadie bajó a buscarlo. El molino quedó clausurado. Ya venía funcionando mal. Se lo dio de baja, y se lloró a Martínez poquito. Cuando papá se enteró de la noticia no dijo nada, sólo calló. Esa noche lo llamé por teléfono. Me dijo su mujer que estuvo raro todo el día, que hizo llamados y averiguó para sacarlo a Martínez del pozo, pero nadie le dijo que sí. Nadie se quería arriesgar, y se necesitaba la misma tecnología que se usó para sacar a los mineros chilenos. Papá me dijo que en esos casos había que resignarse.
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